las raices del rap

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Uno de los canales de escape para el inconformismo fue el rap, pero inicialmente no como música sino como propuesta contracultural (ver: elementos del hip hop). El DJ y el MC salieron a la superficie como nuevos héroes y plantaron las semillas. Fue en una calle del Bronx en Nueva York, en julio de 1976, donde todo comenzó. Se trataba de un barrio lleno de colores africanos, de música funk, de soul y de disco. Una de esas noches calurosas se dieron cita varios pinchadiscos que, acompañados de maestros de ceremonia, pusieron más calor y color de lo habitual y comenzaron a crear míticas sesiones que luego se fueron convirtiendo en la que hoy llamamos “vieja escuela del rap”. Nadie sabía lo que estaban creando, ni lo que iba a suceder después. Años más tarde, artistas como Run DMCKurtis Blow y Quincy Jones, dedicaron canciones a esa barriada y sus calles.

Sin duda uno de los primeros grupos en tener una postura netamente política fue The Last Poets, relacionados con el movimiento Black Power y las Panteras Negras, que en su momento fueron investigados e intervenidos por el FBI. Esta canción llena de percusión africana y un mensaje totalmente político se puede considerar como la primera en tener un contenido lírico explícito.

Si uno analiza musicalmente todas estas canciones, la estructura rítmica y la forma de cantar (mejor dicho: de rapear) es muy similar y está muy ligada a lo que hizo The Sugar Hill Gang. En esta canción, Kurtis Blow sigue con el hilo rítmico de la época, que también fue fundamental para los primeros enfrentamientos bailables de los b-boys, los bailarines de breakdance.

Suena extraño que un cantante y compositor como Joe Bataan, quien comenzó su carrera musical con la salsa y luego fue incorporando sonidos funk a su música, lograra tener otra de las canciones que se consideran como piezas claves para la historia del rap. Es necesario recordar que el álbum en el que se incluye esta canción fue producido por el legendario músico norteamericano Arthur Baker –que trabajó junto a New Order– y marcó el inicio de la relación Rap-Baker.

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Araíz del movimiento por los derechos civiles, los últimos poetas de Harlem interpretaron la palabra hablada políticamente a los respaldos musicales. Citado junto a Gil Scott Heron como progenitores de hip-hop, hay algo de ambivalencia en la etiqueta. No es simplemente una nota al pie de la historia del rap, su trabajo se mantiene solo como “jazzoetry”.

Obligado por una nueva lucha por los derechos civiles, el primer álbum de The Last Poets en más de 20 años marca 50 años desde su fundación. Encuentra a dos de los miembros del equipo, Abiodun Oyewole y Umar Bin Hassan, reflexionando sobre los respaldos del reggae, cortesía de los productores británicos Nostalgia 77 y del percusionista de Prince Fatty and Poets Baba Donn Babatunde. Este kismet sónico es tan obvio, es una maravilla que los Poetas nunca se llevaron al reggae anteriormente.

Un zurdo se filtra con elegancia debajo de los tonos pálidos y paternos de Bin Hassan y Oyewole, que ya no son las jóvenes firebrands que acusaron furiosamente al racismo sistémico a principios de los años setenta. Las drogas, el crimen y las luchas internas han plagado su número ; Los últimos poetas en pie son necesariamente más sabios y más filosóficos. Aquí hay mucha furia disgustada, como lo atestiguan pistas como la poderosa Lluvia de Terror, pero la fuerza interior y la creatividad perdurable son los puntos fuertes de este registro inesperado, así como los guiños a Prince y Biggie Smalls

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La poesía estadounidense, el soul airado, el jazz político y la cultura hip-hop perdieron ayer a uno de sus personajes más importantes e inspiradores. Gil Scott-Heron, símbolo perdurable de la contracultura y autor de la célebre Therevolution will not be televised (pieza de spoken word de 1971 a la que se suele atribuir el padrinazgo del rap) falleció a los 62 años en el hospital St Luke’s de Nueva York a causa de una enfermedad contraída en una reciente gira europea.

Scott-Heron, enfermo de SIDA desde hacía algo más de dos décadas, empleó la mitad de su vida en pelear contra una adicción que dio con sus huesos en la cárcel para cumplir una pena de año y medio por posesión de drogas. Su reciente vuelta a la vida de la música grabada con un disco, I’m new here, que tristemente no estaba la altura de su alargada leyenda, y una suerte de inane experimento de remezcla de ese material, que el joven músico Jamie XX tituló We’re new here, devolvió la esperanza a los aficionados al sensacional corpus que grabó en los años 70 para sellos como Flying Dutchman, Strata-East o Arista con su nombre y con el del tándem irrepetible que formaba con el pianista Brian Jackson. Finalmente, todo quedó en un audaz espejismo que al menos supuso que un Scott-Heron realmente desmejorado actuase el año pasado en Madrid y Barcelona.

El músico, nacido en Chicago, criado en el sur por su abuela e hijo de un padre ausente, el primer futbolista negro que fichó el Celtics de Glasgow, irrumpió en la escena del jazz y la poesía de Nueva York para cambiar el curso de las cosas a finales de los 60. Aquel poeta negro estaba realmente enfadado y lo plasmaba en letras brillantes, llenas de aceradas referencias políticas, ariscas teorías de la conspiración y la clase de cosas “que no te cuentan en el telediario de las once”. Se acompañaba de piano y del sonido de los bongos para lanzar sus diatribas en su debú: A new black poet: Small talk at 125th and Lennox (1970), que tomó su nombre del club de Harlem en el que fueron grabadas las sesiones.

En álbum se recoge una temprana y desnuda versión de su éxito más célebre, que abriría un año después Pieces of a man, considerado como uno de los mejores álbumes de los años 70. Esta vez, Scott-Heron se ayudó de una banda compuesta por algunos de los mejores jazzmen de su generación: Bernard Purdie (batería), Brian Jackson (piano), Ron Carter (bajo) y Hubert Laws (vientos).

The revolution will not be televised es un apresurado alegato contra la banalización del mundo, la superficialidad del consumo de masas, la sociedad del espectáculo y el estúpido glamour que todo lo invade (“la revolución no dará sex appeal a tu boca”). Llena de referencias culturales y políticas (de Tim Leary a Nixon, su gran némesis; de Natalie Wood a Jackie Onassis), la canción, a la que movimientos como el 15-M devuelven periódicamente todo su sentido, funciona como una llamada a la acción directa, a dejar el sofá, no esperar a la reposición y participar en los cambios en directo.

Este tema monumental corrió el riesgo de ensombrecer un álbum sin tacha, que incluye maravillas como Home is where the hatred is, el lamento familiar de un yonqui desgraciado, o Lady day and John Coltrane, una oda a Billie Holiday y al legendario saxofonista de jazz.

A este siguieron discos como Free willWinter in America (que incluía otro de sus clásicos, The bottle, escalofriante radiografía del alcoholismo), The first minute of a new day o From South Africa to South Carolina.

La revolución de la música disco y sobre todo su hedonista manera de ver el mundo dejó más descolocado si cabe Scott-Heron que al resto de los músicos de soul de su generación. La tribu del rap, que tanto le debía, tampoco mostró interés por restaurar su figura en los primeros compases de la historia del género a principios de los 80 (aunque sus canciones se encuentran entre las más sampleadas).

Empleó los ochenta y los noventa en fumar crack, meterse en líos y girar por Europa, especialmente Gran Bretaña; era usual verlo en el Jazz Cafe de Londres a finales de los 90. En aquellos recitales actuaba ante una audiencia de devotos admiradores, chicos blancos que sacaban sus propias conclusiones de aquellos versos negros y le reverenciaban como a una de las voces más singulares de la música de los últimos cuarenta años.

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